Vuelta a la normalidad, tras el triplete festivo del finde anterior, y esta relajada semana en lo que a clases se refiere, con presentaciones hasta el miércoles, huelga el jueves, y el minipuente que me casqué el viernes para hacer una visitilla al aita por Madrid (donde por cierto, se hizo ayer grande Javitxu Martínez). La rutina vuelve hoy a encerrarnos en su monotonía con ese creciente aura de responsabilidades y presiones que volverán a ir surgiendo, esta vez parece que con más fuerza que nunca, a lo largo del cuatrimestre. Me he jurado a mi mismo, imagino que vanamente como de costumbre, que esta vez correré más que el toro para no encontrarme a las puertas de verano entre su cornamenta y la pared. Es una de esas promesas con tintes de electoralidad, que tienen menos posibilidades de ser cumplidas que de ser escuchadas y meditadas por un mono con delantal, pero es la inmediata consecuencia de no haber cumplido otra muy parecida que me hice a finales de septiembre.
Sin embargo aún es pronto para empezar a preocuparse y a cortarse con la fiesta. Quedan muchos viernes fever todavía, está la semana santa por medio (¿con qué destino?), antes de llegar a la segunda, y espero última, hornada de exámenes, y al verano con el final de ésta. Así es como funciona esto, cada etapa comienza con el final de la anterior y termina con el principio de la siguiente. Esto es de perogrullo, pero hay veces que tenemos que darnos cuenta de ello para aprovechar al máximo los días que tenemos por delante. Por eso convoco a tod@s l@s que esteis lo suficientemente aburridos para haber entrado aquí y leer estas líneas, a que vengais a Fever este viernes para dar la bienvenida (o malvenida según vuestros ánimos) al nuevo cuatrimestre. Qué hay más divertido que aprovechar la menor excusa para celebrarla con una buena fiesta.
Y me despido hasta la próxima, no sin antes desear suerte a todos los que nos falten notas por comprobar, pues el primer paso para un verano limpio se da en febrero.
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